La Persona
         

 

 

 

Atravesamos la ciudad de Punta Negra en el 4x4 con el equipo veterinario del Instituto Jane Goodall en Congo y nos adentramos en una zona de suburbios. En este barrio los blancos no suelen aventurarse  a entrar y los niños de la calle nos miran extrañados. La suciedad y las chavolas abundan por aquí y por allá. Nuestro auxiliar veterinario congolés que viaja con nosotros en el coche nos indica como callejear para llegar finalmente a la casa de una mujer rusa llamada Olga. Cuando llegamos Olga no estaba pero nos recibió el guardes congolés de la casa. En realidad no teníamos cita con ella sino con Tedy, un mandril macho que Olga guardaba en una vieja jaula oxidada.

La historia de Tedy hasta el día de hoy no tiene nada de particular si la comparamos con las cientos de mascotas de animales salvajes que, como él, circulan por África. Sin embargo la vida desgraciada de este inteligente primate cambiará de rumbo drásticamente con nuestra llegada.
Días atrás el Instituto entró en contacto con la mujer rusa y tras un acuerdo verbal se nos dio el permiso para llevarnos a Tedy y liberarlo en la selva profunda de Congo, no sin antes realizarle las analíticas necesarias para confirmar que estaba en perfecto estado de salud. El mandril fue anestesiado y transportado en una caja especial hasta llegar al parque nacional de Conkouati Douli tras más de cinco horas de trayecto por una tortuosa carretera. Entre todos transportamos  a pié la caja con el mandril a través de una zona de difícil acceso repleta de vegetación y mosquitos. Finalmente llegamos a un lugar propicio y nos dispusimos a abrir la puerta.

Todo el proceso anterior y lo que acontecería después estaba siendo filmado y fotografiado por mí. Mi trabajo en el Instituto Jane Goodall de Congo es precisamente ese. Nada se me debe escapar. Imágenes de apenas segundos pueden ser muy valiosas para realizar un documental o simplemente justificarse ante unos socios que confían en nosotros donándonos su dinero. Aunque normalmente filmo los 139 chimpancés del centro de recuperación de Tchimpounga que el Instituto sustenta en Congo hoy acontecía una misión un tanto singular con la liberación de este mandril.

Preparo la cámara de fotos y la de video y me ubico en un lugar estratégico para poder tomar las imágenes más explícitas posibles de las primeras reacciones del mandril cuando salga de la caja. Son momentos de cierta tensión y al mismo momento de una gran belleza emotiva. Tedy tocará la tierra de la selva por primera vez después de que un cazador furtivo matara a su madre cuando el era aún un  bebe y lo vendiera como mascota a Olga. Pero lo que hay dentro de esa caja hoy ya no es precisamente un retoño, Tedy bosteza y nos muestra a todos sus imponentes colmillos.
La caja se abre y el mandril sale despacio, como alucinado. Camina unos pasos y se dirige hacia la posición donde estoy yo, se para a escasos dos metros y me mira con sus ojos casi humanos. Yo estoy arrodillado y apenas puedo mantener el pulso para seguir filmando. Tengo serias dudas sobre la reacción de un mandril que lleva casi toda su vida en una jaula oxidada de un metro cuadrado y que ahora está libre justo delante de mí. Finalmente el mandril me ignora, continúa y se adentra lentamente entre los arbustos. Yo respiro hondo. “Libre” bonita palabra para Tedy y para mí.

En realidad esos primeros pasos de Tedy  hacia la libertad se asemejaban mucho a los míos cuando tomé el avión en el aeropuerto de Barajas y decidí abandonar mi “otra vida” de burgués madrileño para reinventarme en “camera-man”  en Congo. Decisiones así no son fáciles de tomar, sobre todo cuando no huyes de nada en particular sino que simplemente buscas más.

La gente, en general, nos dejamos llevar por la inercia de la vida cotidiana y ésta nos envuelve y nos transforma. La vida social engulle al individuo convirtiéndolo en una pieza productiva y carente de libertad, la misma que le faltaba a Tedy.

Las cientos de horas que miles de Tedies son retenidos en un atasco matinal de la M-30 en su “jaula” con ruedas, una jaula que ni tan siquiera les pertenece completamente gracias a la generosa hipoteca de un banco. Jaula sobre jaula y jaula junto a jaula, una detrás de la otra. Al cabo de una hora, ¿a quien no se le queda cara de mandril al ver que no has avanzado más que trescientos metros en medio de ese monumental embotellamiento?

Pero no fueron estos momentos los que me hicieron partir de mi vida acomodada y urbanita. En realidad hay algo que en las sociedades occidentales se ha perdido y es la falta de aventura, o al menos la aventura en el más puro sentido novelesco. Quizás ahora las nuevas tierras a explorar o la tribu caníbal de la que huir hayan sido remplazados por la angustiosa aventura de llegar a final de mes tras pagar hipotecas varias. Puede que sea excitante  para determinadas personas, pero desde mi punto de vista es una angustia improductiva e inservible. Todas nuestras energías como persona serán desplazadas en alimentar a la sociedad de consumo sin apenas haber cambiado nada a mejor. El mundo seguirá igual o peor.

Es por eso que,  mientras que trabajaba como dibujante de publicidad en Madrid, me planteé la cuestión sobre cual era el verdadero sentido de ilustrar las fresas de un paquete de yogurt o una etiqueta para refrescos. Todas mis energías estaban siendo invertidas en simplemente incentivar  a la sociedad de consumo con mis sugerentes ilustraciones; “consúmeme más” decían mis dibujos en los yogures.

La idea estaba ya muy meditada y solo esperaba una situación detonante que me impulsara a dar el gran salto para cambiar de vida. Esta circunstancia fue la de conocer a mi futura esposa, Rebeca. Las casualidades de la vida hicieron que encontrara esta extraordinaria mujer en mi camino. Su energía, decisión y carácter fueron decisivos para dar el primer paso y no mirar atrás. Juntos nos vinimos a África.  En realidad es un salto al vacío. Cambiar de continente, de amigos, de trabajo y abandonar a tu familia no es fácil y tiene su lado amargo. Te reconviertes en un personaje diferente, escribes otra vida dentro de tu vida y pareces renacer pero sin la inocencia de un niño.

Siempre he pensado mucho sobre el tiempo breve que pasamos en la Tierra y no es cuestión de desperdiciar ni un solo día.

En realidad, no  es fácil que alguien venga a abrirnos la puerta como a Tedy, en ocasiones solo queda la alternativa de escapar.

Fernando Turmo
03/06/2008
Tchimpounga. República del Congo.